Un sujeto en Islandia se llevó 600 equipos de minería de Bitcoin, se escapó de la cárcel y se subió a un vuelo con la primera ministra del país sentada en el mismo avión.


La energía geotérmica de Islandia era la más barata de toda Europa, lo que la convertía en el país más rentable del planeta para minar Bitcoin.
Enormes centros de datos repletos de equipos de minería brotaron a lo largo de la costa sur y el país pasó a ser uno de los mayores polos mundiales de minería de Bitcoin.
Entre diciembre de 2017 y enero de 2018, un tipo llamado Sindri Thor Stefansson y su banda de 6 personas asaltaron cuatro de esos centros de datos en una serie de robos consecutivos.
Su equipo se disfrazó con uniformes de seguridad y contó con la complicidad de un auténtico guardia de seguridad de una de las instalaciones, que les hizo de topo.
Salieron de allí cargando con 600 equipos de minería, 600 tarjetas gráficas, 100 procesadores y 100 placas base, prácticamente 2 millones de dólares en material en total.
Los medios islandeses lo bautizaron como el Gran Robo del Bitcoin, el atraco más grande de la historia del país.
La policía echó el guante a Stefansson en febrero de 2018, junto con otros 10 sospechosos, incluido el topo desde dentro.
Lo metieron en Sogn, una prisión de régimen abierto y mínima seguridad situada a unas 60 millas del Aeropuerto Internacional de Keflavík.
Sogn es el tipo de cárcel donde los reclusos pueden conservar su propio móvil, ver la tele en pantalla plana y ganarse 4 dólares la hora limpiando el gallinero de la prisión.
El 17 de abril de 2018, Stefansson se quedó sentadito en su celda, se puso a buscar vuelos desde el móvil y compró un billete a Estocolmo a nombre de otra persona.
Trepó por una ventana, se dirigió al aeropuerto y se subió al avión sin enseñar el pasaporte en ningún momento, porque Islandia forma parte de la zona de libre circulación europea.
La primera ministra de Islandia iba precisamente en ese mismo vuelo, en camino a un encuentro con el mandatario indio Narendra Modi.
Desde Estocolmo, Stefansson cogió un tren, un ferry y un taxi para seguir moviéndose por toda Europa.
La policía lo trincó una semana después en Ámsterdam.
Mientras aguardaba a que lo enviaran de vuelta, concedió una entrevista al New York Times en la que confesaba que en realidad tenía ganas de volver a Islandia, porque en Ámsterdam pasaba hambre constantemente y se sentía amenazado.
Un tribunal le impuso cuatro años y medio de condena por el robo.
Su fuga no le sumó ni un solo día a la sentencia, porque escaparse de la cárcel no es delito en Islandia.
Los 600 equipos de minería nunca aparecieron.
Islandia los rastreó posteriormente hasta China, donde se cree que aún siguen operativos hoy en día, minando Bitcoin para quien sea que se haya quedado con ellos.
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